Category: poesia

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He pensado una cosa, una locura. Pero ya me he identificado anteriormente como amante de mi generación y como soñadora sin salvación. El caso es que estaba yo en el suelo de mi habitación leyendo algo sobre la crisis climática (no sé si estaba llorando) y he pensado: “¿y si somos la generación que salva los océanos, que salva los bosques, que salva las playas, que salva el aire? ¿Y si somos la generación
A toda la gente que espero nunca ver entre líneas. A todos sobre los que nunca escribiré, o no escribiré suficiente. Esto es un perdón a toda la gente sobre la que no escribiré, o a aquellos a los que no escribiré suficiente. Me hace falta un curso sobre como enversar a lo que me hace sonreír. Pero tiene su explicación: yo veo los pedazos y los escribo porque en versos
Otra vez. Ayer pasó otra vez. Había estado preguntándome qué estaba mal. Impasible. Inafectada. Preguntándome si era un monstruo. Estaba ahí, mirándome al espejo: pelo mojado y ojos cansados y casi lloro. Estaba recitando en mi cabeza. Preguntándome si volvería. Si vendría el huracán, cuándo. ¿Cuándo me rompería? Y casi lloro. Luego empezó el quemazón de cuando parece que te va a salir ácido por los ojos, y luego me caí al suelo
Un coche de carreras no es más bello que la Victoria de Samotracia. Tal vez tú cuando me miras sonriendo y juro que veo todo el petróleo del mundo en tus ojos: gasolina para romper los motores, correr huyendo de los miedos para acabar escondida en tu pelo, temblando, contigo susurrando que soy enorme y aunque me tienes en la palma de tu mano yo dejo de sentirme pequeña; un barril lleno de combustible para arder.
Tenía la cabeza llena de pájaros y me los mataron uno a uno. “Puta” ¡pum! “Loca” ¡pum! “Feminazi” ¡pum! Y balazo a balazo me han salido plumas por las orejas, y han acabado por salirme garras.
Gutural. No te imaginas las ganas de vomitarlo. De echarlo como una mala flema. Cuando parecía que habias dejado de quemarte pero alguien sopla y piensas que eso de la combustión debe ser como montar en bici: que no se olvida. Me imagino que esto es lo que sienten los cigarros cuando se los deja en la mesa, sin bocas que agrietar, consumiéndose solos. Que manera más ineficaz de quemarse:
He corrido hasta que se me han secado las lagrimas. Hasta que me han fallado los muslos. Esperaba caerme, morder, literalmente, el polvo. Pero no. He llegado a casa. Me he hecho el café de mañana. He sonreído. He hecho como si no hubiese pasado nada. O como si hubiese pasado de todo. De todo, menos tú.
Rezaría. Si fuese a servir. Si supiese. Rezaría. Aunque no sirviera. Aunque no supiese. Rezaría. Porque tengo miedo, tengo rabia. Rezaría porque no quiero que el odio me pudra (más) por dentro. Rezaría porque he llorado desnuda en el suelo y el frío es lo que menos me preocupaba. Rezaría porque me he olvidado de cómo eran esos ojos cuando no eran opacos. Cuando no estaban muertos. No me acuerdo de cómo brillaban.
Como cuando escribes un poema muy largo y acabas borrando más de la mitad y quedándote con los tres primeros versos. Eso fuimos tú y yo. Casi. Eso fui yo contigo.
He visto a gente llorar por haberse comido el polvo que otros levantan con rabia y odio (con sus botas limpias e impolutas). Y yo aquí, llorando por ti que no me has hecho nada malo (aparte de eso de no ser lo que yo podría [haber sido para ti). He visto a gente llorar porque por muy grande que sea el amor, por muy intenso, el mar es mas fuerte, más bravío.
Ya no sé a quién coño escribo, a quién coño lloro, a quién coño pienso y a quién coño añoro. No sé qué pasa en mi cabeza; pero si vienes, te juro que le pongo tu nombre a todas las musas.
Hermana, hoy no he pasado miedo. Estaba rodeada por personas muy diferentes luchando por una misma causa: justicia. Luchábamos por ti, por ella, por nosotras. Y tú no estabas a mi lado, pero he pensado en ti a cada paso que daba. Un día, aunque tú y yo no lleguemos a verlo, no habrá que gritar por esta mierda. A los mejor nuestras nietas, o las nietas de nuestras nietas.
Este es el cuento del autor que se enamoró de una princesa. Era preciosa: le ondulaba el cabello y sus ojos reflejaban la luna azul. Su tez era suave, sus rasgos afilados. Ella vivía en un castillo de papel y tinta. Él cerro el libro, se encerró con ella. Escribió “FIN”, sin darse cuenta de que una vez acabado el cuento, una vez cerrado el libro; es igual personaje muerto,
Que yo te quiero, de aquí a donde haga falta. Pero por más que te quiera, me tengo que querer más a mi misma. Tengo que dejar de perderme en tu mar, de ahogarme en tus olas. Me gusta mirar al sol con arena en la boca. Cortaré de la cuerda, no haré de contrapeso. Te daré una linterna, no me prenderé fuego. Lloraré por ti, pero no moriré contigo.
Me miras a la cara. Me dices que estás bien. No lo estás. Te sangra el alma y duele el corazón. Así que lo duermes. No sé si me hablas tú o tus ojeras, que pesan más que tú, yo y el mundo. No me trago tus mentiras, y, aún así, no te las escupo en los ojos: duelen como cristales en la lengua. No sé qué decir, qué hacer.
Hace mucho que lápiz y papel se tocan para emanar poesía. Un largo tiempo desde que empapo la tinta con sangre, lágrimas y emoción. Desde que me siento un monstruo con brújula en mano e imán en la sien. La cosa más pesada de este mundo no es amor, sino culpa. Mochila grande. Equipaje cargado. Tener que retener las lágrimas era jodido. Que ya no me quemen los ojos es mucho peor.
Después de escribirte mil poemas de amor y guardarlos no bajo llave pero sí bajo clave me doy cuenta de que no te quiero. Ahora no. Te aprecio. Por lo mucho que fuiste, y espero que serás. Pero ya no te amo. Ahora no. Miro al espejo y aprecio la calma después de la tormenta. La cara roja después de una noche en vela, llorando. Y te doy las gracias
Tengo los dientes amarillos de tanto beber café; y los pulmones negros, de tanto fumarme tus mentiras con la maría más cara del mercado. Tengo la nariz irritada de meterme rayas de coca y de esnifarme tus promesas. Tengo las venas agujereadas de tanto pincharme expectativas y meterme al héroe en femenino. Pastillas en la mesilla de noche que ni alivian ni colocan. Ojos, que más que ojos, son venas.
Se difuminaron las líneas entre artista y musa. Entre cuadro y pincel. Un punto. ¿De corte? ¿De inicio? Líneas. ¿Paralelas? ¿Perpendiculares? No sabemos si es una recta o una parábola. Llevamos tanto tiempo sin mirar hacia arriba, que lo único que recordamos es que es una función. Labios. ¿Los tuyos? ¿Los míos? Qué más da. Luces en la caverna, pero lo único que veo es oscuridad. ¿Dónde empiezas tú y dónde
He revuelto toda la casa buscándola. He movido el sofá. He deshecho la cama. He tirado todos los cojines al suelo. He volcado una estantería. Y sigo sin encontrarla. No sé dónde está. No sé quién la tiene. Lo único que sé es que me la robaron. Nos la robaron. Nos quitaron un regalo que no se puede devolver. Y no nos dimos cuenta. Como un niño, al que se le escapa la arena de playa
Te das cuenta de que igual que los osos devoran a las crías de lobo, los lobos hincan los dientes en las gallinas -del granjero vecino- destripándolas de su vitalidad. Lloras cuando el granjero mata a balazos al lobo. ¿Y está mal cuando Mamá Lobo ataca al oso? Ambas son defensa propia. ¿Acaso George Orwell tenía razón y “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”?
La calma con la que la bala penetra en el abdomen. El sonido del metal desgarrando la piel. Rompiendo los tejidos. Estridente. Como todas las palabras que se enquistan y no salen. Se ahogan en el silencio. Ese silencio ensordecedor. Como dos gritos en el espacio. Como los balazos en el estómago. Como los disparos al final de la historia. Soltando las ganas de correr, un pie tras otro, sin ritmo,
Las olas rozaban mis tobillos y el viento jugueteaba con mi cabello. El olor a agua salada me envolvía, y me hacía sentir… me hacía sentir en casa. Me senté, y noté la fría arena bajo mis piernas. Suspiré, y cerré los ojos. Empecé a imaginar todos estos lugares a los que iría y a la gente que me acompañaría. Imaginé las risas, las emociones, los besos. Lo imaginé todo.
420 Noche de los libros. Día de la marihuana. Fecha de la muerte de Avicii. Y por un día no quiero pensar en muerte. Porque, joder, la vida es un puto regalo. Un suspiro que se va con el humo de tus porros. Porque, al fin y al cabo es el 420.
Un disco de vinilo abandonado. Manchas de sangre en la pared, secas. Para estudiar mi muerte hay dos becas. Por la esquina amor propio acojonado. Revistas que queman sueños, quemadas. Rotas, inyecciones para tus labios. Tu orgullo escondido en los armarios. Fotos sin sentimiento, abandonadas. No quieres ser vista sin maquillar: sabes que son capaces de escupir insultos y mucho asco, sin filtrar. Mentiras y mentiras a comprar. Personalidad no piensas vestir.
Grasilla en el cuero cabelludo. Qué asco. Tengo el pelo sucio. Siento como si hubiera metido la cabeza en la sartén. Y eso es porque tengo el pelo sucio. Que asco. Que repugnancia. Tengo el pelo graso y me repulsa. Que asquete. Cuánta grasa. ¡Oh! ¡Champú! ¡Mi salvación! Me lavo el pelo y soy feliz. ¡No más grasa! ¡No más suciedad! Tengo el pelo limpio, y eso me hace sonreír.
“Calla, niña, no nos cuentes lo que pasa” dicen. Si te caes, por una piedra que han puesto ellos en el camino te culparán, por no andar mirando al suelo. “Calla, niña, estírate la falda y sonríe, que esta sociedad injusta es más cómoda.” Cuando te pongas en pie, y te armes de razones te derribarán con fuego. “Tus palabras eran demasiado peligrosas.” No podían dejar que despertases al resto:
Estoy cansada de estar cansada. De no querer levantarme del sofá, ni mirar más allá de la pantalla del móvil. No tengo energía ni para leer. Para escribir estoy cansada. Y es triste. Los versos se me escapan entre los dedos. Estoy cansada de estar cansada.
Se estaba quemando. Ardían. Ardían las palabras. Las palabras de un poeta, muerto, desolado. No quedaba nada. Todo a su alrededor ardía. Se quema. Todo era destruido en una bella llama de color intenso, cambiante, como su dolor. Todo se quemaba. Todo ardía. Sus palabras se prendían. Prendían fuego los versos, y su corazón estallaba en llamas. Él estaba muerto, quemado, como sus rimas; llameante, como sus estrofas. Él era cenizas,
Parece que vives en blanco y negro ya que unos tonos te disgustan y otros, en cambio te agradan. ¿Por qué no empezar a vivir en colores donde lo especial es la variedad?
En el huerto, donde la decían que cultivase sus modales y posturas ella cultivó sus gritos y su lucha. Y un día ese huerto fue encontrado y nadie dijo “este cuento se ha acabado” porque todavía esos gritos en antaño cultivados seguían sin ser escuchados.
Y me dices que pare cuando nos besamos. Te ofendemos si nos damos la mano. Pero cuando tu nos tiras piedras y no tenemos cobijo, no podemos llorar.
¿Y qué más da? Qué más da si todo pasa. Si las heridas cicatrizan, y el hielo se derrite. El fuego se apaga. Las lágrimas se secan. Y la gente se va. Que más da si todo pasa. Si al final, todo se acaba. Todo llega a su fín. Y qué más da. Qué más da si ya estás muerto, y vistes de negro, porque estás de luto por tí.
Shhh aquí no nos pueden pegar. Todos los gritos que ahogaron el cielo van a tocar. Las luchas nunca acabaron. De la mano te voy a guiar a donde nunca nos llevaron por miedo a que fuéramos a despertar.