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Página web 2000 Románticos. Este fue el relato ganador del concurso 2000 Románticos 2019. Puedes descargar el PDF del libro desde aqui o desde la página web de loqueleo. Era poeta. Álvaro Ruíz era poeta. Sí, hacía otras cosas, pero lo más importante es que era poeta. Tenía una mujer, tenía un trabajo (que muchas veces le hacía preguntarse si lo que hacía servía para algo), pero, por encima de todo, era poeta.
Este es el cuento del autor que se enamoró de una princesa. Era preciosa: le ondulaba el cabello y sus ojos reflejaban la luna azul. Su tez era suave, sus rasgos afilados. Ella vivía en un castillo de papel y tinta. Él cerro el libro, se encerró con ella. Escribió “FIN”, sin darse cuenta de que una vez acabado el cuento, una vez cerrado el libro; es igual personaje muerto,
Mientras la gente dentro de casa reía descontroladamente y decía cosas sin sentido, seguramente a causa del alcohol, yo estaba sentada en la arena, las olas chocando contra mis pies, y la lluvia mojándome el pelo y mezclándose con mis lágrimas. Era triste que la gente tuviera que ahogar sus penas en alcohol, que se negara a sentir el dolor, y que prefirieran obviar lo que les hacía tanto daño. “Si no piensas en ello, se te pasará,” decían.
Las olas rozaban mis tobillos y el viento jugueteaba con mi cabello. El olor a agua salada me envolvía, y me hacía sentir… me hacía sentir en casa. Me senté, y noté la fría arena bajo mis piernas. Suspiré, y cerré los ojos. Empecé a imaginar todos estos lugares a los que iría y a la gente que me acompañaría. Imaginé las risas, las emociones, los besos. Lo imaginé todo.
El incómodo cadáver del mediador familiar yacía en el suelo, inmóvil, sin vida, y rodeado de sangre. El arma blanca en su pecho, erguida y recta, deslumbraba en la penumbra del desván. A su lado estaba mi cuerpo, temblando. Sabía que pronto oiría las sirenas de los coches de policía y los murmullos de los vecinos intrigados. Y eso era lo que más me molestaba del asesinato. Lo que venía después.
Mi mano temblaba. La acercaba al teléfono, para luego echarme hacia atrás. Lágrimas, miedo y asco se mezclaban en un líquido rojo y espeso. Recordé lo que me decía mi madre de pequeña. “Para que crezca un rosal hay que arrancar las malas hierbas”. También recordé como le había prometido a mi madre que yo sería una mujer valiente, con la cabeza alta, siempre fuerte, siempre erguida. Y no se si fue valentía, rebeldía o asco por la situación en la que estaba.